Los marineros adoran un buen día de sol

Extraño fotograma de la película "Zítra vstanu a oparím se cajem" (Jindrich Polák, 1977)
Fotograma de la película checoslovaca de comedia y ciencia-ficción titulada “Mañana despertaré y me quemaré con el té”, dirigida por Jindrich Polák en 1977.

Un poema inédito de Carlos Mayhua Terreros, escrito en Lima el 17 de mayo de 2020, luego de escuchar y traducir una canción de Didier Le Blanc.

LOS MARINEROS ADORAN UN BUEN DÍA DE SOL

Los marineros adoran un buen día de sol
Cuando el vértigo de la marea se deshace
En los cuerpos cocidos en el sudor
Y las manos callosas en las gruesas sogas mojadas
Tientan al viento dormido en las velas calmadas
En las noches se ahogan en un barril lleno de ron
Se escurren luego a soñar en un cofre herrumbrado
Y se secan con puñados de sal como lonjas
De jabalíes sembrados en islotes desiertos
Y al alba se arrojan al mar crepitante
Desde los más frágiles mástiles
O desde el talle de la sirena tallada a babor
A la vista todo el azul de la imaginación
Los marineros adoran un buen día de sol

Carlos Mayhua Terreros
17 de mayo de 2020

Murallas

Estudio para un autorretrato (1964) | Francis Bacon

Dos poemas de Constantino Cavafis, escritos en 1896. Extraídos de Poesía completa (Alianza, 3a. ed., 1988). Las versiones en castellano son de Pedro Bádenas de la Peña.

Murallas

Sin miramiento, sin piedad, sin pudor
grandes y altas murallas en torno mío levantaron.
Y ahora estoy aquí sin esperanza.
No pienso sino que este destino devora mi razón;
porque fuera, mucho tenía yo que hacer.
¿Por qué, ay, no reparé cuando iban levantando la muralla?
Mas nunca oí el ruido ni la voz de sus autores.
Sin sentirlo, fuera del mundo me cercaron.

Olvido

Encerradas en un invernadero,
bajo los cristales, las flores olvidan
cómo es la luz del sol
y cómo sopla, al pasar, la húmeda brisa.

— Constantino Cavafis

Desconfianza

Niña con muñeca (1922) Oskar Kokoschka | Óleo sobre lienzo, 91 x 81 cm

Tres textos de Alejandra Pizarnik, originalmente publicados en Mundo Nuevo, París, N° 7, enero de 1967, bajo el título de “Pequeñas Prosas”. Extraído de Obras completas, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1994 (2a. ed.)

DESCONFIANZA

Mamá nos hablaba de un blanco bosque de Rusia: …y hacíamos hombrecitos de nieve y les poníamos sombreros que robábamos al bisabuelo…

Yo la miraba con desconfianza. ¿Qué era la nieve? ¿Para qué hacían hombrecitos? Y ante todo, ¿qué significa un bisabuelo?

DIÁLOGOS

—Ésa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a madame Lamort —dijo.

—No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, ésa de negro del tranvía en nada se asemeja a madame Lamort. Todo lo contrario: es madame Lamort quien se asemeja a ésa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a madame Lamort, ni siquiera en retrato.

—Usted coincide conmigo —dijo— porque tampoco yo conozco a madame Lamort.

—¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.

—Madame Lamort —dijo—. ¿Y usted?

—Madame Lamort.

—Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.

—Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.

—Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.

—No los había cuando lo dije pero nunca se sabe qué va a pasar.

—Entonces, esperémoslo puesto que lo estamos esperando —dijo.

DEVOCIÓN

Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentadas a ella, la muerte y la niña tomaban el té. Una muñeca estaba sentada entre ellas, indeciblemente hermosa, y la muerte y la niña la miraban más que al crepúsculo, a la vez que hablaban por encima de ella.

—Toma un poco de vino —dijo la muerte.

La niña dirigió una mirada a su alrededor, sin ver, sobre la mesa, otra cosa que té.

—No veo que haya vino —dijo.

—Es que no hay —contestó la muerte.

—¿Y por qué me dijo usted que había? —dijo.

—Nunca dije que hubiera sino que tomes —dijo la muerte.

—Pues entonces ha cometido usted una incorrección al ofrecérmelo —respondió la niña muy enojada.

—Soy huérfana. Nadie se ocupó de darme una educación esmerada —se disculpó la muerte.

La muñeca abrió los ojos.

— Alejandra Pizarnik

Los marineros adoran un hermoso día

Una canción de Didier Le Blanc, compuesta alrededor de 1580, interpretada por Le Poème Harmonique, con dirección y arreglos de Vincent Dumestre, publicada por Alpha Classics & Outhere Music France en 2015. La lírica original en francés, con versiones en inglés y alemán, disponibles en las páginas 42-43 del booklet.

LOS MARINEROS ADORAN UN HERMOSO DÍA

Los marineros adoran un hermoso día, cuando
Llenos de esperanza, parten en busca de fortuna,
Y de todas las bellezas que nos ha hecho el Amor,
En estos bajos lugares sólo adoro a una.

Los de Chipre adoran solamente a Venus,
Cuando tienen el alma afectada por el amor:
Y mis dos ojos habiendo conocido las lágrimas,
Aquí abajo no adoran nada sino a mi santa.

Los prisioneros buscan libertad
Para poner fin a su cruel sentencia:
Sin embargo yo disfruto mi cautividad
En los lazos de una dama tan buena.

Los portugueses envidian el valor
Y el color de la perla de la India.
Y yo no puedo amar otro blancor
Distinto al de la mano que me amarra.

Venus, el día y el sol de los cielos,
La libertad, y la perla de la India
No valen nada comparados con sus ojos hermosos,
Ninguna belleza se iguala a la suya.

Didier Le Blanc
Traducción de Carlos Mayhua Terreros

English version in page 2

Yendo al colegio para recoger a mi hija

Carmen Ollé y Enrique Verástegui, con su hija Vanessa.

Un poema de Enrique Verástegui, extraído de Angelus Novus (Tomo II, p. 318), coeditado por Ediciones Antares y Lluvia Editores en Lima, 1990.

YENDO AL COLEGIO PARA RECOGER A MI HIJA

(Para Vanessa)

Un sauce con ramas tercamente delicadas
sostiene un lánguido follaje verde pálido destrozándose
……….. como ligera llovizna de flores que se curvan
sobre el auto que pasa lentamente perdido en la mañana.
Una pequeña fábrica arroja desperdicios sobre la vereda soli-
……….. taria.
Flores celestes se incrustan al follaje verde adhiriéndose
……….. pensativo en la pared rosada.
Sobre una vereda contemplo transitar a la gente bellamente a-
……….. purada.

Abro un libro donde el auto que pasa lentamente intranquilo
……….. se dirige hacia su perdición.

Mi hija aún no se aparece pero allí está, esperándome, en el
……….. colegio.
Un chillido de pequeños jilgueros traviesos
atruenan los jardines de la entrada.
Un tormentoso río de cemento grisáceo nos separa.
Estoy parado en una esquina con una flor que señala el libro
……….. donde el auto busca una dirección inservible.
Paredes intensamente violetas con dinteles de yeso blanco,
las ventanas ojivales o cuadradas se mecen en el ramaje de
……….. árboles crecidos como un sueño.
A izquierda y derecha una avenida con árboles oscuros.
Al frente del colegio que abre sus verjas -cruzando la calle-
……….. el sauce aún curvándose
sobre el auto que pasa para recoger los productos de la
……….. fábrica.
Cierro el libro y me acerco al colegio,
mi hija apretándome la mano vuelve a casa ahora conmigo.

— Enrique Verástegui