“Así es como las sociedades se convierten en despotismos”

Playas prohibidas. Agentes de la policía y el ejército en la playa de Agua Dulce en el distrito de Chorrillos, ciudad de Lima, el 1 de enero de 2021, cumpliendo la orden del gobierno de repeler a los veraneantes para evitar el contagio del nuevo coronavirus. (Foto: ANDINA/Vidal Tarqui).

El 30 de marzo de 2020, BBC Radio 4 propaló una entrevista con el jurista británico Jonathan Sumption, ex juez de la Corte Suprema del Reino Unido. Aquí un fragmento de la transcripción publicada en The Spectator, traducido por contranatura.org.

Entrevistador de la BBC Jonny Dymond: “Un vuelco histérico hacia un estado policial. Una vergonzosa fuerza policial entrometiéndose con escaso respeto al sentido común o a la tradición. Una sobrereacción irracional motivada por el miedo”. Estas no son acusaciones de activistas desorbitados; provienen de los labios de uno de nuestros más eminentes juristas, Lord Sumption, ex Juez de la Corte Suprema. Estuvimos hablando justo antes de salir al aire.

Lord Sumption: El verdadero problema es que cuando las sociedades humanas pierden su libertad, usualmente no es porque los tiranos las despojan. Usualmente es porque la gente voluntariamente renuncia a su libertad a cambio de protección contra alguna amenaza externa. Y la amenaza usualmente es real pero exagerada. Eso es lo que me temo estamos viendo ahora, la presión sobre los políticos ha provenido del público. Quieren medidas concretas. No se toman una pausa para pensar si las medidas funcionarán. No se preguntan si valdrá la pena pagar el costo que estas medidas acarrean. Quieren acción de cualquier forma. Y cualquiera que ha estudiado historia reconocerá aquí los clásicos síntomas de la histeria colectiva. La histeria es contagiosa. Estamos entrando en un estado de conmoción en el que exageramos la amenaza y dejamos de preguntarnos si la cura podría ser peor que la enfermedad.

Dymond: En un momento así, como reconoces, los ciudadanos buscan la protección y asistencia del Estado; no debería sorprendernos entonces que el Estado asuma nuevos poderes si es que responde. Es lo que se le ha pedido que haga, casi exigido.

Sumption: Sí, es totalmente cierto. No debería sorprendernos. Pero tenemos que reconocer que así es como las sociedades se convierten en despotismos. Y también tenemos que reconocer que este proceso conduce naturalmente a la exageración. Los síntomas del coronavirus son muy serios para aquellos que padecen otras enfermedades significativas, especialmente si son ancianos. Hay casos excepcionales en los que personas jóvenes han fallecido, que han recibido un montón de publicidad, pero los números son bastante pequeños. La evidencia italiana, por ejemplo, sugiere que solamente el 12% de muertes son atribuibles al coronavirus como principal causa de muerte. Así que esto es serio, sí, y es entendible que la gente clame al gobierno. Pero la verdadera pregunta es: ¿es esto lo suficientemente serio para justificar poner a la mayoría de nuestra población en prisión domiciliaria, destrozando nuestra economía por un periodo indefinido, arruinando negocios que a honestos y esforzados trabajadores les ha tomado años levantar, atando a las futuras generaciones con deuda, depresión, estrés, ataques cardiacos, suicidios y una angustia increíble inflingida a millones de personas que no son especialmente vulnerables al coronavirus y que sufrirán sólo síntomas moderados o ninguno en absoluto (…) ?

Dymond: El ejecutivo, el gobierno, de pronto tiene realmente mucho poder y enfrenta muy poco escrutinio. El Parlamento está en receso (…). ¿No hay mucho escrutinio, verdad?

Sumption: No. Ciertamente no hay mucho en el tema del escrutinio institucional. La prensa ha realizado cierto escrutinio, ha habido algo de buen periodismo retador, pero pienso que mayormente la prensa hace eco y de hecho ha amplificado el pánico general.

Dymond: Habrán personas escuchando que admiran tu sabiduría legal pero que también dirán: “bueno, él no es un epidemiólogo, no sabe cómo se transmite la enfermedad, no entiende los riesgos a los servicios de salud si esta cosa se sale de control”. ¿Qué les dices a ellos?

Sumption: A ellos les digo que no soy un científico pero que es el derecho y el deber de cada ciudadano buscar y mirar lo que los científicos han dicho y analizarlo por su propia cuenta y extraer conclusiones de sentido común. Todos somos perfectamente capaces de hacerlo y no hay ninguna razón particular para que la naturaleza científica del problema deba significar que renunciamos a nuestra libertad en las manos de los científicos. Todos tenemos facultades críticas y es sumamente importante, en un momento de pánico nacional, mantenerlas.

“El problema es cómo la pantalla se ha apoderado del cerebro”

Ilustración de Steve Cutts

Fragmento de una entrevista al filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi, realizada por Josep Massot en Barcelona, publicada en el diario El País el 20 de febrero de 2019.

¿En qué está mutando el ser humano?

La modernidad nace cuando la escritura se hace medio de masas y la imprenta permite difundir el pensamiento en miles de copias. Hoy vivimos una segunda mutación técnico-comunicativa mucho más profunda, porque mutamos de una forma conjuntiva del pensamiento, de la comunicación, del afecto, a una forma conectiva.

¿Cuál es la diferencia?

Que la presencia de la corporeidad ya no es decisiva. En la comunicación conjuntiva la creación de significado, de sentido, pertenece a la esfera de la presencia. Yo puedo decir algo que puede tener un significado diferente según la manera en que lo digo, de su contexto, de la relación afectiva que existe con mi interlocutor, pero en la comunicación conectiva es la sintaxis, la estructura técnica del medio, el formato, el sentido mismo. Además, la comunicación conectiva nos permite una aceleración, una intensificación infinita de la información, que no es solo información, este el problema, sino al mismo tiempo estímulo nervioso, es shitstorm. La consecuencia es que las capacidades críticas que la humanidad tenía en la época de la imprenta se están perdiendo. Y esta transformación está vinculada a la aceleración de la infoesfera que produce efectos en la psicoesfera, es decir, en el cerebro, en la mente, en la emocionalidad humana. Vivimos una época de patologías masivas, como las crisis de pánico, la depresión, la ansiedad, que no son patologías simplemente psíquicas, sino de la relación comunicacional.

¿Quién auguró mejor el futuro: Huxley, Ballard, Orwell o Philip K. Dick?

Philip K. Dick, sin duda. Orwell llegó muy lejos, pero Dick vio algo esencial, que el problema no era solo la pantalla como Orwell, el problema era la relación entre la máquina y el cerebro, la interconexión e interdependencia. El problema es cómo la pantalla se ha apoderado del cerebro, cómo la tecnología digital está modificando la cultura, pero también la actividad cognitiva, y a nivel más profundo, la estructura neurofísica misma del cerebro humano. La humanidad siempre se ha orientado con los sentidos, la vista, el olor… Hoy nos orientamos a través de un mapa telemático de un satélite. ¿Qué pasará dentro de dos o tres generaciones con la capacidad de mirar el panorama, detectar señales olfativas, auditivas, en el ambiente? Es la actividad cognitiva misma la que se está modificando y cuando se modifica la capacidad cognitiva, pasa a la física del cerebro. Tendremos un cerebro conectivo que funcionará a través de conexiones sintácticas que cancelarán la capacidad pragmática de redefinir el contexto.

Leer entrevista completa en El País.

“Esta anomalía debe parar”

La policía griega reprime la manifestación realizada el 17 de noviembre de 2020 en conmemoración de la matanza de estudiantes en la Universidad Politécnica de Atenas, perpetrada por la junta militar el 17 de noviembre de 1973.

Este es el breve pronunciamiento del poeta Yorgos Seferis emitido el 28 de marzo de 1969 por el servicio mundial de la BBC. Fue publicado y comentado por Philippe Theophanidis en aphelis.net. La traducción al castellano es de contranatura.org.

“Hace largo tiempo tomé la decisión de mantenerme fuera de la política de mi país. Como intenté explicar en otra ocasión, esto no significaba en absoluto que fuera indiferente a nuestra vida política.

Desde entonces me he abstenido como regla, hasta el día de hoy, de tocar asuntos de ese tipo. Es más, todo lo que he publicado hasta inicios de 1967 y mi actuación posterior (no he publicado nada en griego desde que la libertad fue amordazada) ha mostrado clara y suficientemente ―así lo creo― mi postura.

Sin embargo, desde hace meses he sentido, dentro de mí y a mi alrededor, con intensidad creciente, la obligación de hablar acerca de nuestra actual situación. Con toda la brevedad posible, esto es lo que tengo que decir:

Han pasado ya casi dos años desde que nos ha sido impuesto un régimen que es totalmente perjudicial a los ideales por los que nuestro mundo ―y nuestro pueblo tan resplandecientemente― peleó durante la última guerra mundial.

Es un estado de sopor obligatorio en el cual todos los valores intelectuales que tuvimos éxito en mantener vivos, con agonía y trabajo, están a punto de hundirse en pantanosas y estancadas aguas. No sería difícil para mí comprender cómo un daño de este tipo no resultaría gran cosa para ciertas personas.

Cualquiera ha aprendido y sabe a estas alturas que en el caso de los regímenes dictatoriales el comienzo parece fácil, pero la tragedia espera, inevitablemente, en el final. El drama de este final nos atormenta, consciente o inconscientemente ―como en los coros inmemoriales de Esquilo. Cuanto más tiempo permanece la anomalía, más crece la maldad.

Soy un hombre sin ninguna filiación política, y puedo por lo tanto hablar sin miedo ni pasión. Veo delante de mí el abismo hacia el cual nos conduce la opresión que ha envuelto el país. Esta anomalía debe parar. Es un imperativo nacional.

Ahora retorno al silencio. Ruego a Dios que no imponga sobre mí una necesidad similar de hablar otra vez.”

Crónica de la Biblioteca de la Universidad de Princeton, vol. 58, no. 3, 1996-1997, p. 591: “Este es el pronunciamiento de Yorgos Seferis denunciando el régimen de los Coroneles. La traducción inglesa de Edmund Keeley está basada en una copia en papel carbón del original, en los Documentos selectos de Yorgos Seferis, División de manuscritos, libros raros y colecciones especiales, Biblioteca de la Universidad de Princeton”.


Comentario de Philippe Theophanidis:

El 21 de abril de 1967 hubo un golpe de estado en Grecia liderado por coroneles. Derrocaron al gobierno interino y cancelaron las elecciones generales programadas para el 28 de mayo del mismo año. Esta dictadura militar derechista duró siete largos años, desde 1967 a 1974. Llegó a ser conocida como “El régimen de los Coroneles”, “La Junta” o alternativamente “El Septenio”.

Yorgos Seferis (1900-1971) era en el momento uno de los más renombrados poetas griegos. Era también muy conocido internacionalmente desde que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1963. No era percibido como una figura política, pero la situación en Grecia era ciertamente insoportable para él. El 28 de marzo de 1969 rompió su silencio y, con la ayuda del Servicio Mundial de la BBC, propaló el breve pero estimulante mensaje arriba traducido. Su pronunciamiento fue reimpreso después por varios diarios en Atenas.

La urgente y firme conclusión de su mensaje ―”Esta anomalía debe parar”― podría ciertamente ser interpretada por algunos hoy en día como un programa válido para enfrentar nuevas crisis. De hecho, la palabra usada por Seferis ―η ανωμαλία, “la anomalía”― significa ‘desigual’, ‘irregular’. (…) La plutocracia que algunos ven como la raíz de la crisis de la deuda en Grecia o la diferencia en la riqueza entre el 1% y el 99% que está en el origen del movimiento ‘Ocupa Wall Street’ son, propiamente hablando, anomalías. (…)

Leer el artículo completo, en inglés, en aphelis.net.

Murallas

Estudio para un autorretrato (1964) | Francis Bacon

Dos poemas de Constantino Cavafis, escritos en 1896. Extraídos de Poesía completa (Alianza, 3a. ed., 1988). Las versiones en castellano son de Pedro Bádenas de la Peña.

Murallas

Sin miramiento, sin piedad, sin pudor
grandes y altas murallas en torno mío levantaron.
Y ahora estoy aquí sin esperanza.
No pienso sino que este destino devora mi razón;
porque fuera, mucho tenía yo que hacer.
¿Por qué, ay, no reparé cuando iban levantando la muralla?
Mas nunca oí el ruido ni la voz de sus autores.
Sin sentirlo, fuera del mundo me cercaron.

Olvido

Encerradas en un invernadero,
bajo los cristales, las flores olvidan
cómo es la luz del sol
y cómo sopla, al pasar, la húmeda brisa.

— Constantino Cavafis

Desconfianza

Niña con muñeca (1922) Oskar Kokoschka | Óleo sobre lienzo, 91 x 81 cm

Tres textos de Alejandra Pizarnik, originalmente publicados en Mundo Nuevo, París, N° 7, enero de 1967, bajo el título de “Pequeñas Prosas”. Extraído de Obras completas, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1994 (2a. ed.)

DESCONFIANZA

Mamá nos hablaba de un blanco bosque de Rusia: …y hacíamos hombrecitos de nieve y les poníamos sombreros que robábamos al bisabuelo…

Yo la miraba con desconfianza. ¿Qué era la nieve? ¿Para qué hacían hombrecitos? Y ante todo, ¿qué significa un bisabuelo?

DIÁLOGOS

—Ésa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a madame Lamort —dijo.

—No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, ésa de negro del tranvía en nada se asemeja a madame Lamort. Todo lo contrario: es madame Lamort quien se asemeja a ésa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a madame Lamort, ni siquiera en retrato.

—Usted coincide conmigo —dijo— porque tampoco yo conozco a madame Lamort.

—¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.

—Madame Lamort —dijo—. ¿Y usted?

—Madame Lamort.

—Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.

—Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.

—Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.

—No los había cuando lo dije pero nunca se sabe qué va a pasar.

—Entonces, esperémoslo puesto que lo estamos esperando —dijo.

DEVOCIÓN

Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentadas a ella, la muerte y la niña tomaban el té. Una muñeca estaba sentada entre ellas, indeciblemente hermosa, y la muerte y la niña la miraban más que al crepúsculo, a la vez que hablaban por encima de ella.

—Toma un poco de vino —dijo la muerte.

La niña dirigió una mirada a su alrededor, sin ver, sobre la mesa, otra cosa que té.

—No veo que haya vino —dijo.

—Es que no hay —contestó la muerte.

—¿Y por qué me dijo usted que había? —dijo.

—Nunca dije que hubiera sino que tomes —dijo la muerte.

—Pues entonces ha cometido usted una incorrección al ofrecérmelo —respondió la niña muy enojada.

—Soy huérfana. Nadie se ocupó de darme una educación esmerada —se disculpó la muerte.

La muñeca abrió los ojos.

— Alejandra Pizarnik